Me desplacé por un camino dando saltos, esquivando charcos y barro para llegar a una carpa gigante que veía a la distancia de aspecto cutre e irrelevante con trailers rodantes, cercos con pinturas incolora, tela desteñidas y cutres lonas.

Al llegar a la entrada, esto se difería al contemplar rostros que, al verlos, hacían agradable y cómoda la estadía en ese lugar. Con una sonrisa fuimos recibidos- al abrir las cortinas, recordé mi niñez cuando mi mamá me llevaba al circo.

En sillas empolvadas, observé a un público menor a 20 personas, escasos niños contentos que reían al ver a los payasos. En frente del espetáculo, estaban sentados tranquilos y observadores unos niños que transmitían apoyo a sus familiares, los cuales hacían reír al resto del poco público, pues eran los hijos y sobrinos de las ocultas personas maravillosas que en ese circo se encontraban haciendo el espetáculo.

Detallé cada elemento de esa gran carpa, agujeros que desde el punto donde estaba sentado se podían ver el cielo y las estrellas, un nudo atado a mi garganta no me permitió contener mis lágrimas. Mi amiga y yo salimos de ese sítio, hablamos con la dueña del circo la cual se encontraba preparando un dulce algodón de azúcar en uno de los trailers. Mi amiga le hice unas preguntas referentes al circo. La escuché responder:

– Hoy es que medio hay personas, los otros días asisten no más a 4 ó 6 personas, la lluvia no nos ha permitido y la gente muy poco asiste al circo.

Luego escuché al hijo mayor de la señora decir:

– Lo ppoco que hacemos es para comer, vivimos en estas casas rodantes. Nunca hemos tenido una casa de bloque y cemento, pero sí tenemos un hogar a la mona también tenemos que alimentarla de nuestra comida, hacemos colas al igual que cualquier venezolano. Lamentablemente, lo que hacemos no nos alcanza para comprarle a los bachaqueros (revendedores de comida escasa).

A la distancia, vi a un niño de dos años de edad, lo llamé, lo cargué y le pedí un abrazo. Se me salió una lágrima y vi una luz perpetua que me hizo encontrar con mi niño interno. Haber asistido a ese circo y ser recibido de una grata forma ha sido una excelente forma de encontrarme una vez más con Dios, mi amigo Dios.

Conto de Luis Mendez

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